Émiryn
Alcé la vista, por un momento el tiempo se había congelado ante mí: El cielo azul estaba en la cúspide de su belleza, las nubes flotaban por doquier, las ruedas de las carrozas dejaron de oírse, los chillidos de los niños que correteaban por allí pararon en seco, el olor a pan recién hecho había desaparecido, y con todo aquello, mi respiración. Me tomé mi tiempo para apuntar, cerré los ojos y apreté el gatillo de la ballesta que portaba en la mano. Justo en el blanco. Y todo volvió a la normalidad.
Me giré para mirar al desconocido que me había estado estorbando durante mi ''encargo'', no me gustaba que me molestaran mientras trabajaba, pero tal vez había sido un tanto borde con él, aunque era extraño, porque se había pasado un largo rato intentando dañarme con un sable que usaba con destreza, aunque no había sido demasiado difícil esquivarlo mientras me posicionaba para disparar y sacaba mi arma, que se encontraba empequeñecida con un hechizo en mi bolsillo derecho, la cual agrandé para poder acabar lo que había empezado. Y ahora, mientras observaba al joven con detenimiento, la devolvía a su estado original. Era un chico normal, de estatura media, delgado aunque fuerte, probablemente de mi edad, llevaba ropajes cuanto menos comunes. Por su expresión, parecía molesto conmigo, por algún motivo que desconocía por aquel entonces.
-¿Vas a atacarme con todas tus fuerzas de una vez?- Dejé la pregunta en el aire, permitiendo que se la llevara el viento, el mismo que mecía mis blanquecinos mechones de cabello.
-Estaba comprobando de qué eras capaz...- Dicho esto, el joven puso su arma desenvainada en posición de ataque, apuntando su afilada punta hacia mi persona.
Yo hice lo mismo y saqué mi guadaña de doble filo, que se mantenía pegada a la espalda de mi abrigo gracias a una runa de atracción. Él dio el primer paso, con un leve movimiento hacia delante, el cual paré con la vara que conecta los dos filos de mi arma.
-Esa guadaña podría atravesar las escamas de un wyvern como si fueran mantequilla.- Intuyó mientras volvía a intentar atacarme, esta vez dirigiéndose a mi vientre, la esquivé apartándome hacia la izquierda.
-De hecho, puede.- Respondí cortante, cada vez me interesaba más por las intenciones del chico.
-Tienes aspecto humano, pero no lo eres... lo huelo perfectamente. Además, apestas a magia... no eres una hechicera... ¿tal vez una moira con un hechizo de polimorfismo?- Esta vez su sable cubierto de runas doradas se dirigió a mi cara, una vil artimaña que esquivé echándome hacia atrás.
-Te equivocas, sigue con tus absurdas hipótesis.- Esta vez fui yo la que movió ficha, aunque sólo logré hacerle un pequeño corte en la palma de la mano mientras se equilibraba echándose hacia atrás.
-Vaya... Por cómo has usado la ballesta y cuánto has tardado en disparar, tienes unos reflejos comparables a los de un humano.Y por la ropa diría que eres una mercenaria. Hueles un poco a la humedad y mugre propias de esas tabernas.- No paraba de analizarme, y yo comenzaba a ponerme nerviosa por el olor de sangre humana, odiaba y sigo odiando ese terrible hedor.
En ese momento él se abalanzó sobre mí y yo di un paso en falso, tropezándome y acabando debajo de él, que soltó el sable y amortizó la caída provocada por mi entorpecimiento, poniendo sus manos en el suelo, que casualmente rozaron mi mejilla y cayeron a los dos lados de mi cara. Sangre humana en mi mejilla. Cerré los ojos y cuando los volví a abrir se tornaron de un color rojizo aterrador. La espalda comenzó a sangrarme, fruto de la maldición que me atormentaba, el dolor era insoportable pero me las arreglé para poner una expresión indiferente y escabullirme de debajo del joven para ponerme de pie y volver a la acción. Él me imitó.
-No me voy a rendir.- Afirmé a pesar de que quería parar la inútil pelea por los dolores que me entumecían la espalda. Hice girar mi guadaña de doble filo, convirtiéndola en una sierra de alcance circular, la cual él paró con su sable, las dos armas quedaron en cruz, ambos hacíamos fuerza para derribar al otro.
-Persistente, fría, calculadora, con conocimientos de magia y runas... Por cierto, bonita runa. Hoy en día no muchos saben usarlas.- Siguió analizando y su expresión demostraba que se esforzaba por ganar la lucha -a veces pienso que no me pagan lo suficiente por esto...- añadió tras un suspiro, nuestros rostros se encontraban a escasos centímetros de distancia. A lo mejor él tampoco quería pelear.
-Te invito a una birra.- Propuse dejando de empujar en su contra, él bajó el arma, al igual que yo.
-¿Estás de coña?- Se llevó su mano derecha a la frente, golpeándola en señal de desesperación. Ciertamente no se lo esperaba. -En fin, no puedo rechazar la invitación...- Pensó en voz alta. Yo le sonreí ampliamente y él me devolvió el gesto con una media sonrisa.
-Sígueme.- Me giré si esperar respuesta y me acerqué rápidamente al borde del alto tejado de la choza en la que nos encontrábamos subidos.
Salté sin mirar atrás, no había peligro ya que las casas siempre han estado a no más de un metro de separación entre ellas. El chico me siguió apresuradamente por el laberinto de azoteas que conformaban el barrio medio de la ciudad. Nos dirigíamos al barrio bajo, donde yo vivía, seguramente él ya lo supusiera, ya que tenía grandes capacidades intuitivas y a penas hacía 10 minutos ya había adivinado casi todo de mí. A medida que avanzábamos, el fuerte olor de las zonas pobres de Nordicia se hacía más notable, el aire se hacía pesado y el barullo aumentaba. Pronto llegamos al destino, una taberna llamada ''taberna'', muy original, sí, pero un hogar es un hogar, y una familia es una familia, por muy pocas luces que tuvieran.
Salté del tejado de ésta, situándome justo delante de la puerta, el joven aterrizó con el sonido sordo de sus pies al caer al suelo.
-No llames mucho la atención o te comerán vivo.- Le guiñé el ojo y procedí a abrir la puerta de madera que tenía ante mí.
Una vez dentro, la explosión de olor a comida y alcohol me inundó la nariz, pero ya estaba acostumbrada, y mi invitado de honor al parecer, también. Era un pequeño local, decorado rústicamente, cuyas ventanas eran muy pequeñas y por tanto entraba muy poca luz. A aquella hora del mediodía era fácil encontrar a tanta gente sentada, disfrutando de alguna porción de pollo con patatas o de filetes de ternera tierna. Todos se giraron para vernos entrar, con sus caras de sanguinarios rompehuesos, pero al reconocerme, esbozaron una sonrisa, y gritaron mi nombre casi a la vez.
-¡Ryn! Pensábamos que no volverías, has tardado más de lo habitual.- Dijo una voz viril en la lejanía, tras la barra, estaba limpiando un vaso con un paño.
El joven humano me miró desconcertado mientras un montón de grandes hombres, que más que hombres parecían armarios dada su fortaleza, venían a abrazarme. Me abrí paso entre aquellas montañas que osaba llamar familia hasta llegar a la barra.
-Lo siento padre, he tenido un encontronazo con alguien...- Miré hacia atrás, todos se abrieron en círculo al notar la presencia del desconocido, él caminó con paso firme hasta donde ya estaba.
-¿Quién es esta rata callejera que nos traes, Ryn?- Preguntó uno de ellos.
Mi padre seguía fregando indiferente, también era un hombre corpulento, de cabellos alborotados, con un parche en el ojo derecho y una cicatriz que le adornaba la otra parte de la cara, siempre serio, siempre pensativo.
-La verdad es que no lo tengo muy claro...- hice una pausa mientras me quitaba el gran abrigo negro. -Me retó a un duelo y yo le invité a una cerveza al ver que aquello no saldría del empate...- Añadí.
-¡La has herido, hijo de perra!- Gritó uno de mis tíos al ver la sangre chorrear de la camisa blanca que llevaba puesta.
Mierda, lo olvidé, la herida... Tal vez ya estaba demasiado acostumbrada al dolor como para notar que seguía sangrando, noté la mancha reseca de sangre del humano en mi mejilla, la vista se me nubló por un instante, las paredes parecían cerrarse, como si quisieran aplastarme, tenía que salir de allí.
-Voy a lavarme y quitarme la ropa.- Les sonreí a todos para que no se preocuparan, en especial a mi padre. Caminé decidida hasta las escaleras que llevaban al piso de arriba, donde se situaba mi habitación, me apoyé en la barandilla para subirlas y desaparecí de la escena, dejando a la pobre rata rodeada de gatos hambrientos.
Supongo que se supo desenvolver bien a pesar de que le acusaran de hacerme daño, porque mientras me quitaba la ropa y me sumergía en mi humilde bañera de madera, adornada con una tela para no dañar mi fina piel y aromatizada con pétalos de flores que yo misma había recogido, escuché a mi padre explicándole el por qué de aquella herida en mi espalda.
-Oye chico, muéstrame tu mano...- hizo una pequeña pausa para observarla. -Ya veo... En fin, no es tu culpa, dado que has visto lo ocurrido no podemos dejarte ir de rositas, así que te contaré todo lo que estás deseando saber, pero antes prometerás que no contarás ésta información, y lo cumplirás por tu vida, ¿comprendido?- volvió a hacer una pausa, desde arriba sólo escuchaba su voz gracias a que era la más grave y potente de la sala.
Le hizo jurar que protegería mi identidad con su vida, típico de mi padre, lo hace a menudo. Basta con poner la mano en una runa tallada en la madera de la barra del establecimiento y recitar unas extrañas palabras que aún no he logrado memorizar.
-Eres valiente, espero que tanto como sincero. Verás, la pequeña Emiryn no es humana... Ella fue nacida del amor pasional entre un ángel guardián de un templo en Mithras y una súcubo que merodeaba por allí, esperando cazar a alguien con sus malvadas redes y encantos, pero en vez de eso, acabó enamorada, quién lo diría. De aquel amor imposible nació un precioso bebé de alas negras con el cabello azabache y reflejos plateados en la zona del flequillo. Dado a que los néfilims están prohibidos por su bipolaridad innata, o ese motivo insustancial dio el rey, tuvieron que esconderla durante años y años para que la Guardia de Acero no la asesinara. La pequeña no vio la luz del sol, ni sintió el tacto del aire frío en su cara hasta los 10 años, cuando, aprovechando un despiste de sus padres, salió de su cárcel situada en lo alto de una montaña alejada de toda civilización, y llegó a la ciudad. Fue humillada, señalada y más tarde apresada por esos monstruos de hierro sin vida ni sentimientos. La torturaron, la violaron, pasó calamidades para proteger la identidad de sus padres, pero era tarde, porque la Guardia los descubrió y los asesinó brutalmente delante de ella, algo que a día de hoy le provoca pesadillas. Le cortaron las alas quién sabe cómo, ella se niega a contarlo. Y justo cuando el verdugo real iba a acabar por fin con su sufrimiento, se apiadó de ella, y la crió como hubiera criado a su difunta hija. El verdugo y la chiquilla ocultaron su identidad a la corona y se escondieron en una taberna que él mismo montó y regentó hasta el momento, donde se asociaron una barbaridad de hombres fiables que por un módico precio hacen cualquier trabajo indeseado. La néfilim de alas cortadas creció entre ellos, me gustaría decir que siempre ha sido la joven fuerte y feliz que has visto hoy, pero no fue así, vivía sin motivación, sin ganas, hasta que descubrió que su aspiración en la vida era matar al rey cobarde que asesinó a sus verdaderos padres y por ello, fue entrenada para ser una más, una prestigiada mercenaria, conocida por no incumplir ningún trato y no dejar ningún trabajo a medias. Se toma muy en serio su oficio, cosa que no me agrada, yo quería que fuera una chica normal y que viviera pacíficamente cual angelito, pero es testaruda como un demonio. No hay quién le saque sus ideas justicieras de la cabeza. Pero lo que más me preocupa es que cada vez que su piel toca la sangre humana, por alguna razón desconocida vuelve a pasar por el mismo sufrimiento de aquel triste día en que le cortaron las alas, y con ellas su libertad.- Cuando acabó de contar mi historia, me percaté de que en aquel momento yo tenía la piel de gallina y los ojos empapados en lágrimas.
Miré hacia el espejo que tenía en frente, y vi mis dos heridas destacar en la piel desnuda y pálida de mi espalda. Había dejado de sangrar, mis ojos se tornaron grisáceos de nuevo, el dolor había cesado. Me encogí agarrando mis piernas, estaba helada a pesar de que el agua ardía, era el frío propio del miedo y de la soledad.
-Mírate, tan débil, tan frágil...- Me dije a mí misma.
Decidí salir del agua, secarme y ponerme mi traje de humana corriente, era un vestido largo y simple, con cuello al descubierto y mangas anchas, de tonalidades blancas, marrones y negras.
Recogí los mechones largos de mi cabello haciendo una corona de trenza que rodeaba la parte de arriba de mi pelo, dando la sensación de que todo mi peinado era corto.
Bajé las escaleras, encontré al joven bebiendo su prometida cerveza y charlando con expresión entusiasmada con alguno de aquellos asesinos a sueldo, parecía entretenido. Los comensales me miraron aliviados al ver que a mi rostro había regresado su luz y que me encontraba mucho mejor, en especial padre, que me miró sonriendo orgulloso.
-Qué hermosa eres, y cómo has crecido en tan poco tiempo... Ya eres toda una mujer.- Salió de la barra y me abrazó con cuidado de no aplastarme entre sus musculosos brazos.
Me senté en una mesa, al lado del desconocido que tanta intriga me suscitaba, y le sonreí mostrándole mis dientes perfectamente alineados.
-Y ahora que sabes quién soy, ¿vas a decirme por qué diantres querías matarme?- Articulé por fin.
-Estaba comprobando de qué eras capaz...- Dicho esto, el joven puso su arma desenvainada en posición de ataque, apuntando su afilada punta hacia mi persona.
Yo hice lo mismo y saqué mi guadaña de doble filo, que se mantenía pegada a la espalda de mi abrigo gracias a una runa de atracción. Él dio el primer paso, con un leve movimiento hacia delante, el cual paré con la vara que conecta los dos filos de mi arma.
-Esa guadaña podría atravesar las escamas de un wyvern como si fueran mantequilla.- Intuyó mientras volvía a intentar atacarme, esta vez dirigiéndose a mi vientre, la esquivé apartándome hacia la izquierda.
-De hecho, puede.- Respondí cortante, cada vez me interesaba más por las intenciones del chico.
-Tienes aspecto humano, pero no lo eres... lo huelo perfectamente. Además, apestas a magia... no eres una hechicera... ¿tal vez una moira con un hechizo de polimorfismo?- Esta vez su sable cubierto de runas doradas se dirigió a mi cara, una vil artimaña que esquivé echándome hacia atrás.
-Te equivocas, sigue con tus absurdas hipótesis.- Esta vez fui yo la que movió ficha, aunque sólo logré hacerle un pequeño corte en la palma de la mano mientras se equilibraba echándose hacia atrás.
-Vaya... Por cómo has usado la ballesta y cuánto has tardado en disparar, tienes unos reflejos comparables a los de un humano.Y por la ropa diría que eres una mercenaria. Hueles un poco a la humedad y mugre propias de esas tabernas.- No paraba de analizarme, y yo comenzaba a ponerme nerviosa por el olor de sangre humana, odiaba y sigo odiando ese terrible hedor.
En ese momento él se abalanzó sobre mí y yo di un paso en falso, tropezándome y acabando debajo de él, que soltó el sable y amortizó la caída provocada por mi entorpecimiento, poniendo sus manos en el suelo, que casualmente rozaron mi mejilla y cayeron a los dos lados de mi cara. Sangre humana en mi mejilla. Cerré los ojos y cuando los volví a abrir se tornaron de un color rojizo aterrador. La espalda comenzó a sangrarme, fruto de la maldición que me atormentaba, el dolor era insoportable pero me las arreglé para poner una expresión indiferente y escabullirme de debajo del joven para ponerme de pie y volver a la acción. Él me imitó.
-No me voy a rendir.- Afirmé a pesar de que quería parar la inútil pelea por los dolores que me entumecían la espalda. Hice girar mi guadaña de doble filo, convirtiéndola en una sierra de alcance circular, la cual él paró con su sable, las dos armas quedaron en cruz, ambos hacíamos fuerza para derribar al otro.
-Persistente, fría, calculadora, con conocimientos de magia y runas... Por cierto, bonita runa. Hoy en día no muchos saben usarlas.- Siguió analizando y su expresión demostraba que se esforzaba por ganar la lucha -a veces pienso que no me pagan lo suficiente por esto...- añadió tras un suspiro, nuestros rostros se encontraban a escasos centímetros de distancia. A lo mejor él tampoco quería pelear.
-Te invito a una birra.- Propuse dejando de empujar en su contra, él bajó el arma, al igual que yo.
-¿Estás de coña?- Se llevó su mano derecha a la frente, golpeándola en señal de desesperación. Ciertamente no se lo esperaba. -En fin, no puedo rechazar la invitación...- Pensó en voz alta. Yo le sonreí ampliamente y él me devolvió el gesto con una media sonrisa.
-Sígueme.- Me giré si esperar respuesta y me acerqué rápidamente al borde del alto tejado de la choza en la que nos encontrábamos subidos.
Salté sin mirar atrás, no había peligro ya que las casas siempre han estado a no más de un metro de separación entre ellas. El chico me siguió apresuradamente por el laberinto de azoteas que conformaban el barrio medio de la ciudad. Nos dirigíamos al barrio bajo, donde yo vivía, seguramente él ya lo supusiera, ya que tenía grandes capacidades intuitivas y a penas hacía 10 minutos ya había adivinado casi todo de mí. A medida que avanzábamos, el fuerte olor de las zonas pobres de Nordicia se hacía más notable, el aire se hacía pesado y el barullo aumentaba. Pronto llegamos al destino, una taberna llamada ''taberna'', muy original, sí, pero un hogar es un hogar, y una familia es una familia, por muy pocas luces que tuvieran.
Salté del tejado de ésta, situándome justo delante de la puerta, el joven aterrizó con el sonido sordo de sus pies al caer al suelo.
-No llames mucho la atención o te comerán vivo.- Le guiñé el ojo y procedí a abrir la puerta de madera que tenía ante mí.
Una vez dentro, la explosión de olor a comida y alcohol me inundó la nariz, pero ya estaba acostumbrada, y mi invitado de honor al parecer, también. Era un pequeño local, decorado rústicamente, cuyas ventanas eran muy pequeñas y por tanto entraba muy poca luz. A aquella hora del mediodía era fácil encontrar a tanta gente sentada, disfrutando de alguna porción de pollo con patatas o de filetes de ternera tierna. Todos se giraron para vernos entrar, con sus caras de sanguinarios rompehuesos, pero al reconocerme, esbozaron una sonrisa, y gritaron mi nombre casi a la vez.
-¡Ryn! Pensábamos que no volverías, has tardado más de lo habitual.- Dijo una voz viril en la lejanía, tras la barra, estaba limpiando un vaso con un paño.
El joven humano me miró desconcertado mientras un montón de grandes hombres, que más que hombres parecían armarios dada su fortaleza, venían a abrazarme. Me abrí paso entre aquellas montañas que osaba llamar familia hasta llegar a la barra.
-Lo siento padre, he tenido un encontronazo con alguien...- Miré hacia atrás, todos se abrieron en círculo al notar la presencia del desconocido, él caminó con paso firme hasta donde ya estaba.
-¿Quién es esta rata callejera que nos traes, Ryn?- Preguntó uno de ellos.
Mi padre seguía fregando indiferente, también era un hombre corpulento, de cabellos alborotados, con un parche en el ojo derecho y una cicatriz que le adornaba la otra parte de la cara, siempre serio, siempre pensativo.
-La verdad es que no lo tengo muy claro...- hice una pausa mientras me quitaba el gran abrigo negro. -Me retó a un duelo y yo le invité a una cerveza al ver que aquello no saldría del empate...- Añadí.
-¡La has herido, hijo de perra!- Gritó uno de mis tíos al ver la sangre chorrear de la camisa blanca que llevaba puesta.
Mierda, lo olvidé, la herida... Tal vez ya estaba demasiado acostumbrada al dolor como para notar que seguía sangrando, noté la mancha reseca de sangre del humano en mi mejilla, la vista se me nubló por un instante, las paredes parecían cerrarse, como si quisieran aplastarme, tenía que salir de allí.
-Voy a lavarme y quitarme la ropa.- Les sonreí a todos para que no se preocuparan, en especial a mi padre. Caminé decidida hasta las escaleras que llevaban al piso de arriba, donde se situaba mi habitación, me apoyé en la barandilla para subirlas y desaparecí de la escena, dejando a la pobre rata rodeada de gatos hambrientos.
Supongo que se supo desenvolver bien a pesar de que le acusaran de hacerme daño, porque mientras me quitaba la ropa y me sumergía en mi humilde bañera de madera, adornada con una tela para no dañar mi fina piel y aromatizada con pétalos de flores que yo misma había recogido, escuché a mi padre explicándole el por qué de aquella herida en mi espalda.
-Oye chico, muéstrame tu mano...- hizo una pequeña pausa para observarla. -Ya veo... En fin, no es tu culpa, dado que has visto lo ocurrido no podemos dejarte ir de rositas, así que te contaré todo lo que estás deseando saber, pero antes prometerás que no contarás ésta información, y lo cumplirás por tu vida, ¿comprendido?- volvió a hacer una pausa, desde arriba sólo escuchaba su voz gracias a que era la más grave y potente de la sala.
Le hizo jurar que protegería mi identidad con su vida, típico de mi padre, lo hace a menudo. Basta con poner la mano en una runa tallada en la madera de la barra del establecimiento y recitar unas extrañas palabras que aún no he logrado memorizar.
-Eres valiente, espero que tanto como sincero. Verás, la pequeña Emiryn no es humana... Ella fue nacida del amor pasional entre un ángel guardián de un templo en Mithras y una súcubo que merodeaba por allí, esperando cazar a alguien con sus malvadas redes y encantos, pero en vez de eso, acabó enamorada, quién lo diría. De aquel amor imposible nació un precioso bebé de alas negras con el cabello azabache y reflejos plateados en la zona del flequillo. Dado a que los néfilims están prohibidos por su bipolaridad innata, o ese motivo insustancial dio el rey, tuvieron que esconderla durante años y años para que la Guardia de Acero no la asesinara. La pequeña no vio la luz del sol, ni sintió el tacto del aire frío en su cara hasta los 10 años, cuando, aprovechando un despiste de sus padres, salió de su cárcel situada en lo alto de una montaña alejada de toda civilización, y llegó a la ciudad. Fue humillada, señalada y más tarde apresada por esos monstruos de hierro sin vida ni sentimientos. La torturaron, la violaron, pasó calamidades para proteger la identidad de sus padres, pero era tarde, porque la Guardia los descubrió y los asesinó brutalmente delante de ella, algo que a día de hoy le provoca pesadillas. Le cortaron las alas quién sabe cómo, ella se niega a contarlo. Y justo cuando el verdugo real iba a acabar por fin con su sufrimiento, se apiadó de ella, y la crió como hubiera criado a su difunta hija. El verdugo y la chiquilla ocultaron su identidad a la corona y se escondieron en una taberna que él mismo montó y regentó hasta el momento, donde se asociaron una barbaridad de hombres fiables que por un módico precio hacen cualquier trabajo indeseado. La néfilim de alas cortadas creció entre ellos, me gustaría decir que siempre ha sido la joven fuerte y feliz que has visto hoy, pero no fue así, vivía sin motivación, sin ganas, hasta que descubrió que su aspiración en la vida era matar al rey cobarde que asesinó a sus verdaderos padres y por ello, fue entrenada para ser una más, una prestigiada mercenaria, conocida por no incumplir ningún trato y no dejar ningún trabajo a medias. Se toma muy en serio su oficio, cosa que no me agrada, yo quería que fuera una chica normal y que viviera pacíficamente cual angelito, pero es testaruda como un demonio. No hay quién le saque sus ideas justicieras de la cabeza. Pero lo que más me preocupa es que cada vez que su piel toca la sangre humana, por alguna razón desconocida vuelve a pasar por el mismo sufrimiento de aquel triste día en que le cortaron las alas, y con ellas su libertad.- Cuando acabó de contar mi historia, me percaté de que en aquel momento yo tenía la piel de gallina y los ojos empapados en lágrimas.
Miré hacia el espejo que tenía en frente, y vi mis dos heridas destacar en la piel desnuda y pálida de mi espalda. Había dejado de sangrar, mis ojos se tornaron grisáceos de nuevo, el dolor había cesado. Me encogí agarrando mis piernas, estaba helada a pesar de que el agua ardía, era el frío propio del miedo y de la soledad.
-Mírate, tan débil, tan frágil...- Me dije a mí misma.
Decidí salir del agua, secarme y ponerme mi traje de humana corriente, era un vestido largo y simple, con cuello al descubierto y mangas anchas, de tonalidades blancas, marrones y negras.
-Qué hermosa eres, y cómo has crecido en tan poco tiempo... Ya eres toda una mujer.- Salió de la barra y me abrazó con cuidado de no aplastarme entre sus musculosos brazos.
Me senté en una mesa, al lado del desconocido que tanta intriga me suscitaba, y le sonreí mostrándole mis dientes perfectamente alineados.
-Y ahora que sabes quién soy, ¿vas a decirme por qué diantres querías matarme?- Articulé por fin.








